La instrucción del Señor



11Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor, ni te canses de sus reprensiones,
12porque el Señor reprende a quien ama, como un padre a su hijo amado. (PROVERBIOS 3, 11-12)

3, 12    El Señor reprende a quien ama

LA GRACIA DE DIOS Y NUESTRA VOLUNTAD. ¿Qué cosa se manifestará más patente que la gracia de Dios, cuando se recibe lo que se ha suplicado? Porque si nuestro Salvador dijera: "Vigilad para no caer en la tentación", parecería sólo haber avisado a la voluntad humana; pero al añadir "y orad", manifestó que Dios ayuda para no caer en la tentación. Estas palabras se dijeron al libre albedrío: "No desdeñes, hijo mío las lecciones de tu Dios". AGUSTÍN, De la gracia y el libre albedrío, 4, 9.

CASTIGO POR UNA BUENA RAZÓN. ¿Y cuál es aquí el castigo para el que yerra? Es tal vez alguna aflicción y algún azote, ya sea para enmendar, ya para probar. Y uno, o bien recibe enmienda por sus pecados no sea que por no enmendarse incurra en mayores castigos; o bien es puesta aprueba su fe para ver con qué tolerancia o con cuánta paciencia soporta el castigo. En ambos casos, sin quejarse del Padre cuando castiga y alegrándose cuando acaricia; pero alegrándose cuando acaricia de forma que se muestra agradecido también al que castiga, porque "el Señor azota a todo hijo que recibe". AGUSTÍN, Sermones, 113A, 4. 

SUFRIR A CAUSA DE LA JUSTICIA. "Aquien el Señor ama, le castiga; y azota a todo hijo que le es aceptable"... Puesto que fuimos expulsados de la felicidad original del paraíso por una contumaz apetencia de delicias, es muy justo que seamos aceptados de nuevo por la paciencia en los sufrimientos. Fugitivos somos por haber hecho mal; reintegrados seremos por padecer el mal. Porque allí contra la justicia delinquimos, y aquí por la justicia sufrimos. AGUSTÍN, Sobre la paciencia, 14, 17.

PACIENTES ANTE EL CASTIGO DE DIOS. Si pensamos que algunas desgracias son enviadas por el Señor, ¿a quien deberíamos mostrar nuestra paciencia mejor que al Señor? Más bien deberíamos felicitarnos y alegrarnos de haber sido juzgados dignos del castigo divino: "Yo castigo -dice [la Escritura]- a los que amo". ¡Bienaventurado el servidor a quien el Señor trata de corregir, porque se considera digno de su cólera y no le engaña omitiendo sus advertencias! TERTULIANO, Sobre la paciencia, 11, 4.

EL SEÑOR REPRENDE AL QUE AMA. Amados hermanos, asumamos la corrección por la que nadie debe irritarse. La advertencia que mutuamente nos hagamos es buena y muy beneficiosa, pues nos une a la voluntad de Dios. En efecto, así dice la palabra santa: "El Señor me corrigió y no me entregó a la muerte. Porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que acepta, como hijo"... No rechaces la advertencia del Todopoderoso pues Él mismo hace padecer y de nuevo restablece. Él hirió, pero sus manos curan. CLEMENTE DE ROMA, Carta a los Corintios, 56, 2-4.6-7.

DIOS NO PERDONÓ A SU HIJO ÚNICO. Está escrito: "El Señor corrige a todo el que ama, y a todo hijo que recibe lo azota". No decaigamos frente al azote, para gozarnos en la resurrección. Tan cierto es que azota a todo hijo que recibe, que ni siquiera a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros. Poniendo la mirada en Él, que sin haber cometido pecado fue flagelado, que murió por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación, no temamos que los azotes sean signo de rechazo; al contrario, tengamos la confianza de que seremos aceptados y justificados. AGUSTÍN, Semones, 157, 3.

LA ENFERMEDAD COMO CASTIGO POR EL PECADO. No todas las enfermedades provienen de la naturaleza o de un mal alimento o de cualquier causa física, cosas por las que ahora vemos que es útil el uso de la medicina. A veces, las enfermedades son también castigos por los pecados y nos son infligidas para incitarnos a la conversión... Por tanto,  es necesario que los pecadores permanezcan tranquilos, abandonen los tratamientos médicos y descubran que lo que les sucede es por culpa de sus propios pecados, como aquel que dijo: "Debo soportar el enojo del Señor porque pequé contra Él". BASILIO DE CESAREA, La gran regla monástica, 55.

PROGRESO HACIA LA SALVACIÓN. [El Señor] visita con una vara cuando castiga con severidad; así también el Apóstol, escribiendo a los corintios, dice: "¿Qué queréis? ¿Que vaya a vosotros con la vara o con caridad y espíritu de mansedumbre?". Él nos invita con azotes cuando nos visita más ligeramente. En un caso golpea con la vara, en otro fustigan los azotes. Qué se haga en uno u otro caso pone de manifiesto en el pueblo cristiano según la naturaleza de su pecado, a fin de que le aproveche para la salvación, como Salomón dice: "El Señor reprende a quien ama; azota a todo hijo que recibe". CASIODORO, Exposición de los Salmos, 88, 33.

LA ESPERANZA NO SE ACABA. El padre únicamente corrige al que ama; el maestro únicamente reprende al alumno que ve de más agudo ingenio; si el médico deja de curar, es que ha perdido toda esperanza. Y si tú replicaras que así como Lázaro recibió los males en su vida, así yo también soportaré resignado mis sufrimientos, para que se me conceda la gloria futura, "El Señor no tomará dos veces venganza de lo mismo". Por qué Job, hombre santo y sin tacha, y justo entre los de su tiempo, tuvo que sufrir tantas calamidades está explicado en su mismo libro. JERÓNIMO, Cartas, 68, 1.

EL RECHAZO DE LA SANA DOCTRINA TRAE CONSIGO INDISCIPLINA. Muchos enemigos de la sana doctrina culpan a la justicia, juzgan la disciplina como despotismo y atribuyen a su naturaleza soberbia el castigo razonable. Sin embargo, no existe despotismo a no ser donde se ordena algo injusto, ni existe soberbia sino donde se desprecia la disciplina.
La disciplina, por tanto,  es maestra de la religión, maestra de la auténtica piedad, que no reprende para ocasionar daño ni castiga para infligir dolor. Más bien, airada corrige las costumbres de los hombres, e inflamada hace de guardiana, como dice Salomón... De hecho no hay nada que la disciplina no remedie o salve. Si un sabio la aprende no pierde el don de la amistad ni incurre en peligro de condena. VALERIANO, Sermones, 1, 1.



LA BIBLIA COMENTADA
POR LOS PADRES DE LA IGLESIA
ANTIGUO TESTAMENTO; V. 10; pp. 72-74
Obra preparada por
J. ROBERT WRIGHT
Editor general
THOMAS C. ODEN
Director de la edición en castellano
MARCELO MERINO RODRÍGUEZ

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