Perseverancia en la instrucción




1Hijo mío, no olvides mi enseñanza, que tu corazón guarde mis preceptos,
2porque te proporcionarán largos días, años de vida y paz.
3Que la bondad y fidelidad no te abandonen. Átalas a tu cuello, escríbelas sobre la tabla de tu corazón,
4y alcanzarás reconocimiento y éxito a los ojos de Dios y de los hombres.
5Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te fíes de tu propio discernimiento.
6Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas.
7No quieras ser sabio a tus propios ojos; teme al Señor y apártate del mal.
8Será medicina para tu vientre y jugo para tus huesos.
9Honra al Señor con tu hacienda y con las primicias de todas tus ganancias.
10Así se llenarán tus graneros de abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto. ( PROVERBIOS 3, 1-10).

3, 1    Que tu corazón guarde mis preceptos

OYENTES Y SEGUIDORES DE LA LEY. Si es verdad que el que no vive según la ley olvida la ley, el que vive conforme a ella la recuerda. Y si es verdad que el que observa las palabras de Dios las guarda, el que no las pone en práctica las pierde. Por eso se ha dicho: "No son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los que cumplen la Ley: éstos son los que serán justificados. EVAGRIO PÓNTICO, Escolios a los Proverbios, 27. 

HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD. ¿Qué significa el que Dios mande tan repetidas veces guardar y cumplir todos sus preceptos? ¿A qué manda, si no hay libertad? ¿Por qué es bienaventurado aquel de quien el Salmo dice que "su voluntad estuvo al servicio de la ley de Dios"? ¿Por ventura no aparece manifiesto que el hombre permanece en la ley de Dios por propia voluntad? Y luego hay muchos mandatos que en cierto modo, pero expresamente, convienen a la voluntad, como: "No te dejes vencer del mal", y otros semejantes, cuales son: "No seas sin entendimiento como el caballo y como el mulo", "No desdeñes las enseñanzas de tu madre", "No te tengas por sabio", "No desdeñes las decisiones de tu Dios", "No descuides la ley", "No niegues un beneficio al que lo necesita", "No trames mal alguno contra tu prójimo", "No atiendas a los engaños de la mujer", "No quiso entender para obrar bien", "No quisieron aprender", y otros innumerables que en los antiguos libros de la palabra divina, no aprueban otra cosa sino el libre albedrío de la voluntad humana". AGUSTÍN, De la gracia y el libre albedrío, 2, 4.

3, 3    Que la bondad y la fidelidad no te abandonen

ÓLEO DE MISERICORDIA. Si tú deseas ayunar, hazlo conforme al precepto del Evangelio y ten en cuenta las leyes evangélicas en las que el Salvador prescribe los ayunos: "Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara". Y si preguntas cómo tienes que lavarte la cara, el apóstol Pablo enseña que "con la cara descubierta, contemplarás la gloria del Señor, transformada en su misma imagen, cada vez más gloriosa conforme al Espíritu del Señor". Además, "unge tu cabeza", pero no lo hagas con el óleo del pecado, pues "el óleo del impío no debe perfumar tu cabeza". Más bien, "unge tu cabeza" con el óleo de la alegría, con el óleo de la misericordia, para cumplir el mandato de la sabiduría: "Que la bondad y la fidelidad no te abandonen". ORÍGENES, Homilías sobre el Levítico, 10, 2.

3, 7    No quieras ser sabio a tus propios ojos

IGNORANCIA Y PRECIPITACIÓN ENGENDRAN PREPOTENCIA. La ignorancia, por así decirlo, va constantemente acompañada por la precipitación y emplaza a la gente a dar una gran importancia a suposiciones inconsistentes. Así, los que son víctimas de esa enfermedad tienen una considerable autoestima y piensan que poseen un conocimiento que nadie puede superar. Se olvidan de lo que afirma Salomón: "No quieras ser sabio a tus propios ojos"; es decir, según tu propio criterio. Y también: "La sabiduría que no es probada engaña". Nosotros no poseemos necesariamente opiniones verdaderas sobre cada uno de los puntos doctrinales en los que creemos, sino que con frecuencia nos desviamos del camino recto, nos extraviamos y caemos en lo que no conviene. Pero pienso que actuando correcta e imparcialmente, sin dejarnos llevar por la pasión, llegamos a desear la verdad y a perseguirla con ardor. CIRILO DE ALEJANDRÍA, Comentario al Ev. de Lucas, 136. 

3, 9    Honra al Señor con tu hacienda 


NO POR MÉRITO SINO POR GRACIA. No sólo debemos honrar al Señor con el dinero que damos al pobre, sino también con las ganancias de nuestro trabajo, con la riqueza y frutos de todas las gracias celestiales que recibimos, es decir, en todo hemos de buscar su gloria y no la nuestra. Pues honra al Señor con su hacienda y con las primicias de sus frutos el que atribuye todo lo bueno que hace, no a sus fuerzas y méritos, sino a la gracia divina, acordándose de aquellas palabras: "Porque sin mí no podéis hacer nada". BEDA, Comentario a los Proverbios, 1, 3.

PERFECCIONAR LA JUSTICIA DE LA LEY ANTIGUA. "Honra a Dios de tus justos trabajos y ofrécele parte de los frutos de tu justicia, para que se llenen tus graneros de la abundancia de trigo, y rebosen de vino tus lagares". No olvidéis que dando fiel cumplimiento a este acto de religión perfeccionáis la justicia de la Ley antigua. Los que estuvieron sometidos a ella, caso de conculcarla, caían inevitablemente en el pecado, y aun cumpliéndola, no podían llegar al ápice de la perfección. JUAN CASIANO, Colaciones, 21, 2.

MODERACIÓN EN EL JUICIO. Nuestro Señor no quiere que hagamos nada por su culto y su honor sin que esté orientado por la moderación, porque "el honor del rey ama la justicia". También el sapientísimo Salomón nos advierte que no debemos decantarnos ni a una ni a otra parte por defecto de circunspección: "Honra a tu Dios -dice- con tus trabajos, y ofrécele [parte] de los frutos de tu justicia". Y es que en nuestra conciencia habita un juez incorruptible y fiel que, incluso cuando todos yerran a propósito de nuestra pureza, él no se engaña jamás. JUAN CASIANO, Colaciones, 21, 22.

LAS MALDADES NO HONRRAN A DIOS. También está escrito: "Honra al Señor con tu hacienda". Con toda seguridad no honra al Señor quien se apropia injustamente de algo para darlo con buen fin. Por eso también se dice por medio de Salomón: "Quien ofrece un sacrificio de la hacienda del pobre, es como si inmolara al hijo en presencia del padre". GREGORIO MAGNO, Cartas 9, 219.

SOMOS SÓLO ADMINISTRADORES. Nosotros hemos recibido únicamente en usufructo los bienes que poseemos, y los usamos como algo prestado por el Señor; somos, por así decirlo, como propietarios momentáneos. Así, cuando partamos de este mundo, deberemos abandonar, queramos o no, todos los bienes mundanos. Por tanto, si sólo somos usufructuarios, ¿por qué procuramos estafar al legítimo propietario y hacer nuestras las riquezas que no podremos llevar al otro mundo? ¿Por qué no gozamos con lealtad de los recursos, aunque sean pequeños, que Dios nos ha dado? Deberíamos pagar aquello que poseemos mientras sea posible, mientras lo permita el Señor que es quien nos lo ha prestado.
¿Qué hay más recto y honesto que, muerto el usufructuario, devolver el patrimonio a su legítimo propietario? La voz de Dios, mediante el lenguaje de la sagrada Escritura nos advierte a cada uno de nosotros: "Honra al Señor con tu hacienda", y en otro lugar: "Paga lo que debes". Dios es un dueño bueno, condescendiente. No invita a desprendernos de nuestros bienes terrenos. Así dice: "Honra al Señor con tu hacienda". Todo lo que se nos ha dado es suyo, y aun así afirma que es nuestro, para que podamos darlo a otros. Dice que es algo nuestro, para que quien haga el bien reciba recompensas mayores. De esta manera, el donante recibe un premio mayor cuando es generoso respecto a los bienes que le pertenecen. SALVIANO EL PRESBÍTERO, Contra la avaricia, 1, 5.



LA BIBLIA COMENTADA
POR LOS PADRES DE LA IGLESIA
ANTIGUO TESTAMENTO; V. 10; pp. 68-71
Obra preparada por
J. ROBERT WRIGHT
Editor general
THOMAS C. ODEN
Director de la edición en castellano
MARCELO MERINO RODRÍGUEZ

0 comentarios

Publicar un comentario