Job busca la justicia de Dios



1Job intervino diciendo: 2"Todavía hoy es amarga mi queja pues su mano pesa sobre mi gemir.
3¡Quién me diera conocerle y encontrarle!, me acercaría hasta su morada.
4Presentaría mi proceso ante Él, llenando mi boca de argumentos.
5Sabría con que palabras me responde y comprendería lo que me dice.
6¿Pleiteará conmigo con todo su poder? No. Bastará con prestarme atención.
7Entonces el justo disputaría con Él, y yo me libraría de mi juez para siempre". (Job 23, 1-7)

23, 1-2   Hoy es amarga mi queja

LA AMARGURA DE JOB. "También hoy mi discurso es amargo", es decir, resulta que mis palabras son duras y molestas para nuestros oídos. Podemos conferirle otro sentido [e interpretar el pasaje así]: "Con vuestras palabras, me obligáis a emplear un discurso más duro contra vosotros". Efrén de Nisibi, Comentarios al libro de Job, 23, 2.

23, 3-7   ¡Quién me diera conocerle y encontrarle!

UNA PREFIGURACIÓN DE ARREPENTIMIENTO Y REDENCIÓN. "Sabría con que palabras me responde y comprendería lo que me dice". Lloramos las culpas cuando empezamos a sopesarlas. Cuanto más finamente las sopesamos, más solícitamente las lloramos, y de los lamentos nace en nuestro corazón más claramente con qué amenaza la severidad divina a los pecadores, cuáles serán los reproches dirigidos a los réprobos, cómo será el terror y la oposición implacable de la divina majestad. Entonces el Señor se dirigirá a los réprobos con tanta firmeza como Él, en su justicia, determine que pueden padecer...
¿A quién se refiere cuando habla del justo, sino al "Mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre?". Sobre Él está escrito: "A quien Dios hizo para nosotros sabiduría y justicia". Al venir esta justicia a este mundo para hacer frente a los caminos de los pecadores, vencimos al antiguo enemigo que nos retenía como cautivos. Por eso, que diga Job: "¿Pleiteará conmigo con todo su poder? No. Bastará con prestarme atención. Entonces el justo disputaría con Él, y yo me libraría de mi juez para siempre". Es decir, que envíe a su Hijo encarnado a juzgar mis caminos y entonces expulsaré al Adversario que me ataca y, vencedor, seré absuelto en el juicio. 
Pues si el Hijo unigénito hubiera permanecido en la potencia de su divinidad sin asumir nada de nuestra debilidad, ¿cuándo habría podido el hombre débil acceder a su gracia? Considerada la grandeza divina, el hombre débil habría sufrido más su peso que su ayuda. Pero el que supera a todos en fortaleza, quiso aparecer débil en todo, y mientras se acomodaba a nosotros asumiendo la debilidad, nos ha elevado a su permanente fortaleza. Gregorio Magno, Libros morales, 16, 29, 36-30, 37.


La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, vol. 7, p. 171-173
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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