Job piensa en la prosperidad del impío


1Job intervino diciendo: 2"Escuchad con atención mis palabras, será para mí vuestro mejor consuelo.
3Tened paciencia mientras hablo, después podréis burlaros.
4¿Acaso yo me enfrento con un hombre? ¿Por qué, entonces, habría de ser impaciente?
5Miradme: os asombraréis y os llevaréis la mano a la boca.
6Al pensar en ello yo mismo me horrorizo y un escalofrío recorre mi carne.
7¿Por qué siguen viviendo los impíos? Envejecen y crecen en fortuna.
8Su descendencia está segura junto a ellos, su prole se desarrolla ante sus ojos.
9Sus casas se mantienen serenas, sin miedo, pues la vara de Dios no les alcanza. 
10Su toro fecunda sin marrar, su vaca, sin abortar pare.
11Dejan sueltos a sus niños como ovejas, sus hijos saltan jugueteando.
12Catan con arpas y cítaras, se alegran al son de la flauta.
13Disfrutan de la felicidad de su vida y en paz descienden al seol.
14Ellos decían a Dios: "Apártate de nosotros, no queremos conocer tus caminos. 15 ¿Quién es el Omnipotente para que le sirvamos? ¿Qué nos aprovecha suplicarle?".
16Aunque están en su mano los bienes, ¡lejos de mí el consejo de los impíos!". (Job, 21, 1-16)

21, 7-14   ¿Por qué siguen viviendo los impíos?

LA MISERICORDIA DE DIOS. Ciertamente Dios no cesa de beneficiar a los malvados, para demostrar que no les guarda rencor, no sea que digan: "Dado que Dios nos odia, nunca nos abrirá la puerta del arrepentimiento". Y mientras Él trata a los justos dura y severamente, sin embargo ofrece su amor a los injustos. Las recompensas que en su momento han de concederse por las virtudes de los justos, constituyen los signos futuros de buenas obras que ellos hacen. Efrén de Nisibi, Comentarios al libro de Job, 21, 3-7.

21, 15-16   ¿Quién es el Omnipotente para que le sirvamos?

LOS OJOS CLAVADOS SÓLO EN LAS COSAS CELESTIALES. Muchas veces los hombres prefieren servir a los hombres que ven, antes que servir a Dios a quien no ven. Procuran el fin visible de todo lo que hacen y como no pueden poner los ojos del cuerpo en Dios, dejan de servirle o, si empezaron a hacerlo, se fatigan. Como se ha dicho, no creen que exista lo que no pueden ver corporalmente. Si buscaran humildemente a Dios, Creador de todo, descubrirían en ellos mismos que lo que no se ve es más importante que lo que se ve. Ellos mismos subsisten a partir de un alma invisible y de un cuerpo visible; y si se les quita lo que no se ve, pierden también al instante lo que se ve. Ciertamente, los ojos de la carne permanecen abiertos, pero no pueden ya ver ni sentir. El sentido de la vista desaparece porque se ha retirado quien lo habitaba; y la casa de la carne queda vacía, porque de ella se ha alejado aquel espíritu invisible que solía mirar por sus ventanas...
Como para nosotros la eternidad debe estar en la intención y las cosas temporales en el uso diario, el Señor dice que la primera se da y que las segundas se añaden con abundancia. Sin embargo, con frecuencia los hombres cuando piden bienes temporales y no buscan los premios eternos, piden lo que se añade, sin desear aquello a lo que se añade. No consideran ganancia de su petición si aquí son pobres materialmente y allí viven la riqueza de la bienaventuranza en la eternidad, pues, como se ha dicho, vueltos únicamente a las cosas visibles, renuncian a ganar las invisibles con esfuerzo de la petición. Si buscaran los bienes eternos, recibirían ya el fruto de su trabajo, porque cuando el alma anhela con plegarias el rostro de su Creador, inflamada en deseos divinos, se separa de las realidades inferiores, se une a las realidades eternas, por el fervor de su amor se abre para acogerlas, y acogiéndolas se inflama. Amar los bienes superiores ya es elevarse. Cuando el alma ansía con gran deseo alcanzar las realidades celestes, gusta ya de modo admirable eso mismo que desea alcanzar. Sigue: "Aunque están en su mano los bienes, ¡lejos de mí el consejo de los impíos!". Tiene en su mano los bienes quien despreciando las realidades temporales las tiene bajo el dominio del alma. Quien las ama mucho, más que dominarlas, él está bajo el domino de ellas. Muchos justos fueron ricos en este mundo; colmados de bienes y honores aparentaban tener muchas cosas, pero como sus almas no estaban sometidas a la complacencia de lo que poseían, mantenían en su mano los bienes, porque estaban sometidos al dominio de su alma. Por el contrario, los inicuos ansían los bienes materiales con tanto deseo, que no son ellos los que dominan las cosas que poseen, sino que son ellos los que, con el alma cautiva, están dominados por los bienes que tienen.
Por eso, aunque están en sus manos los bienes materiales, rectamente se añade: "¡lejos de mí el consejo de los impíos!". ¿Cuál es el consejo de los impíos sino buscar la gloria terrena y despreciar la eterna, desear la salud temporal con daño de la interior, y cambiar los sufrimientos pasajeros por los tormentos eternos? Gregorio Magno, Libros morales, 15, 46, 52-48, 54.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, vol. 7, p. 158-162
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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