Rubén


3"Rubén, tú eres mi primogénito,
mi fuerza y primicia de mi vigor,
primero en dignidad, y primero en poder:
4hierves como el agua, no predominarás
porque subiste al lecho de tu padre,
y al subir mancillaste mi tálamo (Génesis 49, 3-4).

49, 3   Rubén, tú eres mi primogénito

Según el sentido místico, a mí me parece que Rubén puede representar al primer pueblo judío, ya que es el primogénito y el comienzo de los hijos, tal como dice el profeta: "Israel es mi primogénito". La Palabra de Dios fue dada, en efecto, en primer lugar a ellos. Sin embargo, las Escrituras denuncian que ese pueblo fue duro y temerario, pues dice de ellos el profeta: "Todo lo que dice este pueblo es duro"; y en otro lugar: "Sois siempre de dura cerviz e incircuncisos de corazón". Este pueblo comete injurias contra Dios Padre cuando le da la espalda y no su rostro. Manchó el lecho de la concubina sobre el que se recostó, es decir, manchó con sus frecuentes prevaricaciones la ley del Antiguo Testamento. Que la ley del Antiguo Testamento esté representada en la persona de una concubina, lo enseñó Pablo al decir: "Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre". Éstos son los dos Testamentos. Agar, que fue la concubina, es figura del Antiguo Testamento.
   Pues sólo una fue la perfecta paloma o madre, la Iglesia, que, como virgen casta y como reina de su esposo, el rey, está unida a Cristo por el Evangelio. Rufino, Sobre las bendiciones de los patriarcas, 2, 5.

49, 4   Porque subiste al lecho de tu padre

Lecho y tálamo llamó a la carne de Cristo, por la cual se salvan los santos, pues en ella reposan como en un lecho santo. De ella se apoderaron entonces los ímpios, que la ultrajaron ofreciéndole vinagre, golpeándole la cabeza con una caña, azotándole la espalda, escupiéndole en la cara, desollando a bofetones sus mejillas y clavando sus manos. Todo esto llevó a cabo el pueblo impío e infiel, junto a los sumos sacerdotes, los escribas y todos los capitostes del pueblo. Por eso el santo profeta no silenció lo que éstos hicieron ni quiere ser cómplice de su maldad o de su consejo, antes bien, él mismo se sitúa lejos de la actividad de semejante canalla. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 13.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 426-427
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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