Judá


8"A ti, Judá, te alabarán tus hermanos;
pondrás tu mano sobre la cerviz de tus enemigos
y ante ti se postrarán los hijos de tu padre.
9Judá es un cachorro de león;
¡hijo mío, volviste con la presa!
Se recuesta echándose como un león,
y como una leona: ¿quién le hará levantarse?
10No se apartará de Judá el cetro
ni el bastón de mando de entre sus pies,
hasta que venga aquel, a quien le pertenece,
y a quien deben obediencia las naciones.
11Ata su asno a una cepa
y a una parra su pollino;
lava en vino sus vestidos
y en sangre de uvas sus manto;
12sus ojos son más oscuros que el vino
y sus dientes más blancos que la leche" (Génesis 49, 8-12).

49, 8   A ti, Judá, te alabarán tus hermanos

"¿Por qué razón el profeta decidió hacer recaer sobre Judá tal bendición, y no igualmente sobre los primeros?" Aprende: puesto que de la tribu de Judá nacería efectivamente David, y de David, según la carne, Cristo, el profeta, al conocer de antemano en sentido espiritual el porvenir, bendijo a David, vástago de Judá, y al que nacería, según la carne, de David, Cristo, que así recibiría de Dios no solamente la bendición según el espíritu, sino también la bendición según la carne. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 15. 

49, 9   Judá es un cachorro de león

Al decir "león" y "cachorro de león" claramente señaló las dos personas, la del Padre y la del Hijo. La expresión: "de un vástago brotaste, hijo mío" quiere demostrar el nacimiento de Cristo según la carne: encarnado por obra del Espíritu Santo en el seno de la Vírgen, en ella germinó y, saliendo al mundo, como flor y aroma de suave olor, se manifestó visiblemente. Por tanto, puesto que dijo: "Cachorro de león", demostró que Cristo nació de Dios según el espíritu, como rey nacido de rey, pero no silenció tampoco su nacimiento según la carne, sino que dijo: "De un vástago brotaste, hijo mío". Efectivamente, Isaías dice: "Saldrá un vástago de la raíz de Jesé y un retoño brotará de ella". La raíz, pues, de Jesé era del linaje de los patriarcas, como una raíz plantada en tierra; el vástago florecido de ella era, en cambio, María, que era de la casa y familia de David, y el retoño germinado de ella era Cristo: precisamente lo que decía Jacob cuando profetizaba: "De un vástago brotaste, hijo mío". Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 16.

49, 10   A quien deben obediencia las naciones


He aquí que el que es el primero y el último, creador de todas las cosas, es enviado por el Señor, su Padre, para quien es justamente eterno e igual. Así, ¿cuándo vino Cristo? Que lo diga Jacob en las bendiciones de los patriarcas: "No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus pies, hasta que venga aquel a quien le pertenece y a quien deben obediencia las naciones". Entonces viene cuando al suceder en el reino un extranjero, Herodes, falta el príncipe de Judá, ante cuya falta viene el que debía ser enviado. Aquel a quien las gentes y los pueblos esperaban. Ildefonso, Sobre la virginidad perpetua de Santa María, 5

49, 11   Ata su asno a una cepa

"Y su pollino -dice [la Escritura]- lo ha atado a la vid"; a su pueblo sencillo y pequeño lo ha atado a su Logos, designado alegóricamente por la vid: ésta da vino, para el cuerpo; la sangre para el alma. Clemente de Alejandría, Pedagogo, 1, 15, 3.

49, 12   Sus ojos son más oscuros que el vino

"Ojos" fueron, pues, los profetas, los ojos de Cristo, cuando se alegraron del poder del Espíritu y vaticinaron los padecimientos que le sobrevendrían y que servirían a las generaciones posteriores para que todo hombre creyera y pudiera salvarse. En cuanto a las palabras: "Sus dientes son más blancos que la leche", o bien designan a los apóstoles, santificados por su Verbo y blanqueados como leche, que nos distribuyeron el alimento espiritual y celeste, o bien de nuevo está hablando de los mandaminetos del Señor, los que salieron de la boca santa y se hicieron leche para nosotros, a fin de que, nutridos por ellos, podamos también tener parte en el Pan del cielo. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 19.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 431-441
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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