Jacob llama a sus hijos


1Jacob llamó a sus hijos y habló así: "Reuníos, que voy a anunciaros lo que os sucederá en los días venideros.
   2Juntaos y escuchad, hijos de Jacob,
   escuchad a vuestro padre Israel" (Génesis 49, 1-2).

49, 1   Jacob llamó a sus hijos

Por tanto, las palabras: "Reuníos, que voy a vaticinaros lo que os sucederá en los días venideros", son profecía, que no bendición, pues la bendición recae sobre alguien bendecido, mientras que la profecía se refiere a algún hecho que se cumple. Pero, dado que la Escritura dice: "Todas éstas  son las doce tribus de Israel, y esto, lo que les dijo su padre al bendecirlos, bendiciendo a cada uno con una bendición propia", ¿cómo compaginar lo explicado anteriormente, cuando unas veces se muestra clara la profecía, y otras en cambio se llama bendición? En esto se hace necesario comprender que en las mismas palabras hay bendiciones y profecías, con el fin de que, por una parte, las bendiciones recaigan sobre aquel que nació de Judá y fue prefigurado en José, el mismo que por descender de la tribu de Leví fue sacerdote del Padre; y por otra, las profecías recaigan sobre los que obran lo contrario y tienen por nada al Hijo de Dios. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y de Jacob, 12.

49, 2   Escuchad, hijos de Jacob

Mira la inteligencia del justo. Tan pronto como conoce el momento de su muerte, llama a sus hijos junto a sí y dice: "Juntaos para que os prediga ya lo que sucederá en los últimos días. Congregaos y escuchad a vuestro padre Israel". "¡Ea! ¡Aprended de mí no cosas de ahora ni hechos que ocurrirán dentro de poco, sino lo que sobrevendrá en los últimos días", viene a decir. "Y esto os lo digo no por mí mismo, sino bajo la inspiración del Espíritu. Por eso anuncio ya hechos que ocurrirán muchas generaciones más tarde. Y como me dispongo a dejar esta vida, quiero dejar grabadas estas cosas en la memoria de cada uno de vosotros igual que sobre una columna de bronce".
   Observa cómo el justo, reunidos ya sus hijos, se sirve del orden de su nacimiento para pronunciar para cada uno de ellos la conveniente maldición o bendición, con lo que demuestra su extraordinaria virtud. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 67, 1.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 424-426
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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