Hambre en Egipto


13No había pan en toda la tierra porque el hambre era rigurosa y tanto el país de Egipto como el país de Canaán estaban asolados por el hambre. 14José se hizo con todo el dinero que había en el país de Egipto y en el país de Canaán a cambio del grano que le compraban, y reunió todo el dinero en casa del faraón.
   15Pero se agotó el dinero en el país de Egipto y en el país de Canaán, y acudieron todos los egipcios a José diciéndole: "Danos pan, ¿o es que vamos a morir delante de ti porque falte el dinero?". 16Les respondió José: "Entregad vuestro ganado, y os daré pan a cambio de vuestro ganado si os falta dinero". 17Traían su ganado a José y éste les daba pan a cambio de caballos, de rebaños de ganado mayor y menor, y de asnos; y durante aquel año les proveyó de pan a cambio de todo su ganado. 18Pasó aquel año, y al año siguiente acudieron a él los egipcios y le dijeron: "No vamos a ocultar a mi señor que se acabó el dinero, y los rebaños de animales han pasado a ser de mi señor; no queda ante mi señor sino nuestras personas y nuestros campos. 19¿Es que vamos a morir ante tus ojos, nosotros y nuestros campos? Compra nuestras personas y nuestros campos a cambio de pan, y seremos nosotros y nuestros campos esclavos del faraón; danos semilla y podremos vivir; así no moriremos y nuestros campos no quedarán yermos".
   20Así compró José para el faraón toda la tierra de Egipto, pues cada uno de los egipcios vendió su campo porque arreciaba el hambre sobre ellos. El país vino a ser propiedad del faraón, 21y el pueblo le quedó sometido a esclavitud, desde un extremo a otro de las fronteras de Egipto. 22Solamente dejó de comprar las tierras de los sacerdotes, porque tenían una renta del faraón y comían de la renta que les pasaba el faraón; por eso no vendieron sus campos. 23José dijo a la gente: "Hoy os he adquirido a vosotros y a vuestras tierras para el faraón; ahí tenéis simiente para sembrar la tierra. 24Cuando lleguen las cosechas, entregaréis la quinta parte al faraón, y tendréis cuatro partes para simiente de los campos, para alimento vuestro y de quienes haya en vuestras casas, y para comida de los niños". 25Ellos respondieron: "Nos has salvado la vida; que encontremos favor ante mi señor; seremos esclavos del faraón". 26Entonces José estableció la ley sobre el campo de Egipto, vigente hasta el día de hoy, de que la quinta parte es para el faraón, a excepción únicamente de las tierras de los sacedotes, que no pasaron a ser propiedad del faraón. (Génesis 47, 13-26).

47, 20   Compró José para el faraón toda la tierra de Egipto

Me parece que también en esta frase se encierra un reproche contra los egipcios, pues no es fácil que de los hebreos oigas decir que el hambre los venció; porque, aunque está escrito que "el hambre abrumó al país", no se dice, sin embargo, que el hambre haya vencido a Jacob y a sus hijos como se dice de los egipcios que el hambre los venció. En efecto, aunque el hambre alcance también a los justos, no los vence. Por eso se glorían incluso en ella, como hace Pablo, que de buena gana, se alegra en este género de tribulaciones cuando dice: "En el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez". Luego lo que para los justos es ejercicio de virtud, para los injustos es castigo de pecado.
   Finalmente, también está escrito que en tiempo de Abrahán "hubo hambre en la tierra y Abrahán bajó a Egipto para habitar allí, porque el hambre abrumaba el país". Si, como piensan algunos, la divina Escritura se expresase en un lenguaje negligente y descuidado, habría podido decir que Abrahán bajó a Egipto para habitar allí, porque el hambre le abrumaba a él. Pero observa con qué gran precisión y cautela se expresa la palabra divina. Cuando habla de los santos dice que el "hambre abrumaba el país"; cuando habla de los injustos dice que el hambre los abrumaba a ellos mismos. Por tanto, el hambre no abruma a Abrahán, ni a Jacob, ni a sus hijos, sino que, si abruma, se dice que abruma al país. Así mismo, está escrito que en la época de Isaac "hubo hambre en el país, a parte de aquella primera hambre que tuvo lugar en tiempos de Abrahán". Ahora bien, esta hambre a penas puede afectar a Isaac; tanto es así que el Señor le dice: "No bajes a Egipto, sino habita en la tierra que yo te mostraré, habita en ella y yo estaré contigo".
   Según esta observación, pienso yo, decía el profeta mucho tiempo después: "Fui joven y ahora viejo, y no he visto al justo abandonado ni a su posteridad mendigando el pan". Y en otro lugar: "El Señor no hará morir de hambre al justo". Todos estos textos muestran claramente que pueden padecer hambre la tierra y "los que gustan de las cosas terrenas", pero aquellos cuyo alimento es "hacer la voluntad del Padre que está en los cielos" y cuya alma se nutre de aquel "pan que ha bajado del cielo", no pueden nunca sufrir las privaciones del hambre.
   Por eso, la divina Escritura, atentamente, no emplea la expresión "estar abrumados por el hambre" para quienes, según su conocimiento, poseen la ciencia de Dios y reciben el alimento de la sabiduría celeste. Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 16, 3.

47, 21   El pueblo le quedó sometido a esclavitud

Según el testimonio de la Escritura, ningún egipcio era libre, pues el faraón redujo el pueblo a la esclavitud y no dejó a nadie libre dentro de los confines de Egipto, sino que suprimió la libertad en todo el país de Egipto. Por eso, sin duda, escribió: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó del país de Egipto, de la casa de la esclavitud". Egipto, por tanto, llegó a ser la casa de la esclavitud y, lo que es más desgraciado, de la esclavitud voluntaria.
   En efecto, cuando se refiere de los hebreos que fueron reducidos a la esclavitud y que, privados de la libertad, tuvieron que soportar el yugo de la tiranía, se recuerda también que fueron conducidos a esa situación violentamente. Pues está escrito: "Los egipcios detestaban a los hijos de Israel, y los egipcios oprimían violentamente con su poder a los hijos de Israel y les amargaban la vida con rudos trabajos de arcilla y ladrillos con toda suerte de labores del campo, con las que los reducían a esclavitud por la fuerza". Repara, por tanto, en lo que está escrito: los hebreos fueron reducidos a esclavitud por la fuerza; ellos poseían, en efecto, una libertad natural que no les podía ser arrebatada fácilmente mediante engaño, sino sólo con violencia. Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 16, 1.

47, 24   Entregaréis la quinta parte al faraón

Ahora, si os parece bien, compararemos al pueblo egipcio con el pueblo israelita.
   Se dice, en efecto, en lo que sigue, que, después del hambre y de la esclavitud, el pueblo egipcio ofrece "la quinta parte al faraón"; por contra, el pueblo israelita ofrece la décima parte a los sacerdotes. Advierte que también en esto la divina Escritura se apoya en argumento de peso. El pueblo egipcio paga los tributos según el número cinco, indicando así los cinco sentidos del cuerpo a los que sirve el pueblo carnal, pues los egipcios se complacen siempre en las cosas visibles y corpóreas. El pueblo israelita, en cambio, honra la década, número de la perfección, pues recibió las diez palabras de la Ley y, ligado por la virtud del decálogo, acogió, gracias a la liberalidad divina, misterios ignorados de este mundo. Pero también en el Nuevo Testamento la década es igualmente venerable. Así, el fruto del espíritu germina en diez virtudes y el siervo fiel ofrece al Señor diez minas como producto de su negociación y recibe el mando sobre diez ciudades...
   Esa es la diferencia entre el pueblo de los egipcios y el pueblo de Israel... Si eres todavía esclavo de los sentidos carnales, si todavía pagas los impuestos según el número cinco y miras a las cosas visibles y temporales y no a las invisibles y eternas, reconócete el pueblo egipcio; pero si tienes siempre ante los ojos el decálogo de la Ley y la década del Nuevo Testamento, de la que acabamos de hablar, y de éstos ofreces los diezmos, si inmolas con espíritu de fe los primogénitos de tu pensamiento al "primogénito de entre los muertos" y presentas tus primicias al que es "primicia de todo", eres un verdadero israelita, en el que no hay engaño. Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 16, 6.

47, 26   Las tierras de los sacerdotes

¿Quieres saber, finalmente, qué diferencia hay entre los sacerdotes de Dios y los sacerdotes del faraón? El faraón dona las tierras a sus sacerdotes; el Señor, en cambio, no dona a sus sacerdotes porción alguna en la tierra, sino que les dice: "Yo soy vuestra porción". Por tanto, vosotros, que leéis estos textos, considerad a todos los sacerdotes del Señor y mirad en qué se distinguen: los que tienen su porción en la tierra y se ocupan de cuidados y negocios terrenos parecen más sacerdotes del faraón que del Señor. Porque es el faraón el que quiere que sus sacerdotes posean tierras y se apliquen al cultivo del suelo y no del alma y se consagren al campo y no a la ley. Escuchemos, por contra, lo que manda Cristo, nuestro Señor, a sus sacerdotes: "El que no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser discípulo mío".
   Yo tiemblo al decir esto, pues en primer lugar me estoy acusando a mí mismo, yo mismo pronuncio mi propia condena. Cristo niega que sea su discípulo aquel al que ve poseyendo algo y aquel que no "renuncia a todas sus posesiones". ¿Y qué hacemos nosotros? ¿Cómo podemos leer o explicar estas cosas al pueblo nosotros, que no sólo no renunciamos a lo que poseemos, sino que queremos procurarnos también aquello que no hemos tenido nunca antes de venir a Cristo? ¿Podemos acaso esconder y no proclamar lo que está escrito porque la conciencia nos remuerda? No quiero hacerme culpable de doble delito. Confieso, y lo confieso abiertamente delante del pueblo que escucha, que estas cosas están escritas, aunque reconozco que yo no las he cumplido aún. Pero, advertidos de esto al menos, apresurémonos a cumplirlas y a pasar de los sacerdotes del faraón, cuya posesión es terrena, a los sacerdotes del Señor, cuya porción no está en la tierra, cuya "porción es el Señor". Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 16, 5.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 411-415
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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