Los hermanos regresan y Jacob rehúsa dejar marchar a Benjamín


29Llegaron a donde estaba Jacob, su padre, en la tierra de Canaán y le contaron todo lo que les había sucedido, diciendo: 30"El Señor del país nos habló duramente y nos tomó por espías del territorio. Le respondimos: Nosotros somos gente honrada; no somos espías; 32éramos doce hermanos, hijos del mismo padre, uno ya no existe, y el pequeño está ahora con nuestro padre en el país de Canaán. Entonces el Señor del país nos replicó: De esta forma sabré que sois gente honrada: dejad conmigo a uno de los hermanos, tomad lo necesario para remediar el hambre de vuestras casas y marchaos. 34Después me traeréis a vuestro hermano pequeño y así sabré que no sois espías, sino gente honrada. Entonces os devolveré a vuestro hermano y podréis circular por el país".
   35Cuando vaciaron los sacos, encontró cada uno una bolsa de dinero dentro, y al ver las bolsas con dinero, tanto ellos como su padre se llenaron de temor. 36Les dijo su padre Jacob: "Me estáis dejando sin hijos; José ya no existe, Simeón tampoco, y queréis llevaros a Benjamín. Todo recae sobre mí". Respondió Rubén a su padre: "Puedes matar a mis dos hijos si no te lo devuelvo; confíamelo que yo te lo devolveré". 38Pero él dijo: "Mi hijo no bajará con vosotros, pues su hermano murió y sólo queda él; si le ocurriera alguna desgracia en el viaje que vais a emprender, haríais bajar de pena mis canas al sheol". (Génesis 42, 29-38).

El comportamiento aparentemente cruel de José, que provoca tal angustia en su padre, Jacob, puede justificarse si consideramos que forma parte del designio divino y tenía como objeto limpiar a Jacob aun de la menor de sus ofensas, una interpretación que quizás se deba en parte a la herencia de la controversia pelagiana (Cesáreo de Arlés). Los hermanos de José suplican a Jacob que envíe a Benjamín, tratando de reblandecer su negativa instándole a pensar en la mujer e hijos de Simeón. (Efrén). 

42, 36   Me estáis dejando sin hijos

Dios actuó con gran misericordia. Observad con atención otro milagro aún mayor, y ved cómo el bienaventurado José, que sabía que su padre sentía una insoportable amargura por él, como si fuera poco lo que hasta entonces había sufrido, hizo que le trajeran también a Benjamín; hecho con el que entendía sin duda que multiplicaría su dolor. Pienso que todas estas cosas se realizaron por inspiración del Espíritu Santo. Porque Dios, cuyos juicios permanecen ocultos las más de las veces, pero nunca son injustos, y que no quiso hacer saber a Jacob que su hijo vivía, tampoco permitió que el bienaventurado José hiciera saber a su padre la gloria de la que disfrutaba; es más, como se ha dicho, al tener preso a Simeón y quitarle a Benjamín, agregó más angustia a su padre. Pues todas estas cosas, hermanos queridísimos, si las miramos fiel y diligentemente, nos daremos cuenta de que Dios las llevó a cabo con una gran misericordia. Desde el principio de la historia obró Dios con sus santos esto que con gran piedad hizo en el bienaventurado Jacob. Prestad atención para saber por qué hizo esto.
   Por mucho que eviten los crímenes más graves y aunque realizen muchas obras buenas los siervos y amigos de Dios, sabemos que no carecieron de pequeñas faltas; no anda lejos de la verdad aquel que dijo: "No está libre de pecado ni siquiera el infante cuya vida sobre la tierra es de un día". Y el evangelista san Juan, que por cierto no era inferior al bienaventurado Jacob, clama y dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está con nosotros". Y lo que está escrito en otro lugar: "Siete veces cae el justo, pero se levanta". Por tanto, y como ya se ha dicho, dado que el bienaventurado Jacob no podía estar sin estos pequeños pecados, Dios quiso limpiar estas pequeñas faltas en esta vida con el fuego de la tribulación, e hizo en él lo que dijo el Espíritu Santo: "El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversión". Y aquello: "El Señor corrige a todo aquel que reconoce como hijo". Y también aquello: "Es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones". Pues para que nuestro Dios pudiera presentar en el juicio futuro al santo Jacob como oro acrisolado, primero lo limpió de toda la mancha de pecado, para que el fuego que juzga no hallara en él nada que quemar. Cesáreo de Arlés, Sermón 91, 3-4.

42, 38   Mi hijo no bajará con vosotros

Los hermanos suplican a Jacob. Subieron y relataron a su padre los males que habían sufrido durante el camino, y cómo habían sido objeto de escarnio en Egipto, siendo acusados de espionaje allí, y cómo no habrían escapado de este sufrimiento si no fuera por causa de Benjamín. Mientras algunos de ellos decían esto ante su padre, los otros descargaban los sacos y al abrirlos cada uno encontraba su propio dinero en el saco.
   Jacob estaba afligido por todo lo que les había pasado, pero sobre todo por Simeón, que estaba cautivo. Y aunque le pedían todos los días que enviara con ellos a Benjamín, él no lo consentía debido a lo que le había pasado a José. Entonces, cuando su trigo se había acabado y todos los miembros de su casa languidecían de hambre, todos sus hijos se le acercaron y le dijeron: "Salva a Simeón por el bien de sus hijos, y quédate unos pocos días sin tu hijo pequeño para que no quede viuda la mujer de Simeón". Efrén de Nisibi, Comentario sobre el Génesis, 37, 1-2.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 377-379
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

0 comentarios

Publicar un comentario