Tentación de José


6José era bien parecido y de bella presencia. 7Después de todo esto, la mujer de su amo puso los ojos en José, y le dijo: "Duerme conmigo". 8Él rehusó, y repuso a la mujer de su amo: "Mira, mi amo no me controla nada de lo que hay en la casa, y me ha confiado todo lo que tiene; 9no hay nadie más importante que yo en esta casa, y no se ha reservada nada excepto tú, porque eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer esa gran maldad, pecando contra Dios?". 10Ella insistía a José todos los días, pero él no accedió a unirse y a darse a ella. 11Cierto día entró José en la casa a hacer su trabajo, y no había allí ninguno de los sirvientes. 12Ella lo agarró de la ropa diciéndole: "Duerme conmigo". Pero él, abandonando la ropa en sus manos, huyó y salió afuera. 13Al ver que había abandonado la ropa en sus manos y había huido afuera, 14ella llamó a sus siervientes y les dijo: "Mirad, nos ha traído un hebreo para escarnecernos; ha entrado donde yo estaba para unirse a mí; pero he gritado con voz fuerte, 15y, al oír que yo levantaba la voz y gritaba, ha abandonado su ropa junto a mí, ha huido y ha salido afuera". 16Ella se guardó la ropa de José hasta que su amo llegó a casa. 17Y entonces le contó las mismas cosas, diciendo: "El siervo hebreo que nos trajiste ha entrado donde yo estaba para abusar de mí, 18y cuando levanté la voz y grité, abandonó su ropa junto a mí, y huyó afuera". (Génesis 39, 6-18).


39, 6   José era bien parecido


El alma domina la carne. Este santo José, sobre el cual ha oído hablar vuestra caridad en la precedente lectura, era bien parecido, pero más hermoso respecto del alma, pues era casto en su cuerpo y pudoroso en el alma. En él brillaba la belleza del cuerpo, pero brillaba más la hermosura del alma. Aunque para muchas personas la belleza corporal es normalmente un obstáculo para la salvación, sin embargo, no hacía ningún daño a nuestro bienaventurado, porque la belleza de su carácter dominaba a la de su cuerpo. Por tanto el alma debe dominar a la carne, y ésta debe estar sometida al alma. Desgraciada es el alma dominada por la carne y que siendo señora se convierte en esclava al no servir mediante la fe al Señor y al someterse en esclava del pecado. En cambio el alma del patriarca José conserva fielmente su domino y en nada puede la carne dominarla. Cromacio, Sermón, 24, 2.


39, 8   Él rehusó... a la mujer de su amo


La belleza verdadera rechaza dañar al otro. ¿Qué añadiré acerca de las disposiciones, en una casa particular, del siervo que gobernó el imperio? Ante todo que se gobernó a sí mismo, siendo como era de presencia decorosa y de hermosa cara. No utilizó la belleza de su cara para ofender a otros, sino que la guardó para mérito suyo. Por ello, sabiéndose más hermoso sería hallado más hermoso no por la pérdida de la castidad, sino por el cuidado de su pudor. No es verdadera la hermosura que roba los ojos ajenos y castiga las mentes frágiles, sino la que gana la opinión de todos sin engañar a nadie y para alabanza propia. Y si alguien mira con mirada petulante, el pecado es sólo del que mira mal, no de quien prefiere no ser mirado. Ni la culpa está en ser visto. No estaba en poder del siervo no ser mirado: el marido debió advertir a la mujer. Si aquel no tenía nada de cónyuge, éste pensaba ser testimonio de castidad, no un remedio de la negligencia. Aprendan los maridos a advertir a sus mujeres. También son amados los que no quieren serlo. Y José era amado aunque no quería a la que le amaba. La Escritura excusa a José al decir: "La mujer de su amo puso los ojos en José". No fue él el que se exhibió ni la acosó a ella ingenua, sino que fue ella la que tendió sus redes y cayó en su propia trampa. Puso sus lazos y quedó atrapada en sus propias cadenas. Ambrosio, Sobre José, 5, 22.


39, 9   Pecado contra Dios


No escaparemos a la mirada de Dios. ¡Qué hombre más bondadoso! Mira como restituye los favores a su señor a fin de mostrar cuán desconsiderada es aquella mujer con su esposo. "Yo, viene a decir José, soy el siervo, el extranjero, el cautivo, y gozo de tanta confianza por parte de mi amo que tengo de todo el control sin excepción alguna, a no ser tú misma. Aunque me impongo a todos, sólo a ti estoy subordinado, pues da la casualidad de que escapas a mi poder". Luego, para asestarle un golpe oportuno, recordarle la bondad de su marido e intentar convencerla para que no fuera desconsiderada con su cónyuge, dice: "Por esto escapas a mi poder: porque tú eres la mujer de mi amo. Si resulta que eres su mujer, ¿cómo, entonces, yo voy a cometer esta mala acción, pecando además contra Dios?" ¿Pues qué crees? Aunque podamos pasar inadvertidos a todo el mundo, no podemos escondernos del ojo que siempre vela. Ante Él solamente hay que temer, angustiarse y temblar. Así no haremos nada ilícito a sus ojos. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 62, 4.


39, 10   Él no accedió a... darse a ella


La gran virtud de José. Para que nos demos cuenta de la desmesurada virtud de este justo varón y de que no sostuvo esta lucha una vez más, ni dos, sino varias veces, y soportó las palabras de esta mujer sin parar de aconsejarla, dice la Escritura: "Ella le invitaba cada día, pero él no accedió". Después de observar su actividad en la casa, se lanzó sobre el joven como una fiera que afila sus dientes, y tirando de él lo asió por el manto. No pasemos esto por las buena y a la ligera. Consideremos, más bien, cómo aguantó esta lucha aquel justo. Igual que no era asombroso, en mi opinión, que en el horno de Babilonia soportaran incólumes los tres jóvenes sin que el fuego les causara daño alguno, así no es asombroso ni insólito que este admirable joven no se entregara cuando lo asió por el manto esa infame e intemperante. Antes bien, dejó su manto en las manos de aquella para así escapar. Porque igual que aquellos tres niños gozaban de celestial favor por obra de su virtud y se vio que podían con el fuego, así también José, ya que se ofreció a sí mismo y dio muestras de luchar con gran energía por su castidad, pues gozaba de la enorme ayuda del cielo, colaborando con él la diestra de Dios para vencer en tan gran combate y ponerse fuera de las redes de aquella libertina. Sería digno de ver entonces a aquel admirable varón desnudo, sin manto, pero vestido con el traje de la castidad, como si escapara incólume de algún tipo de hoguera o de horno, y no solamente sin quemarse, sino más brillante y resplandeciente además. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 62, 4.


39, 12   Huyó y salió afuera


José estimó su alma. La mujer le dijo: "Duerme conmigo". La primera red de la adúltera son los ojos, la segunda sus palabras. Pero puede resistirse a las palabras quien no ha caído en la trampa de los ojos. Es posible la defensa cuando todavía el afecto está libre. La Escritura dice que "él rehusó". Primero venció, con su escudo mental, rechazando a la que atacaba mentalmente; después hizo vibrar como una lanza su palabra para que ella se apartara de él. "Y repuso a la mujer de su amo". Oportunamente la llama mujer de su amo, no señora suya, pues no fue capaz de conseguir lo que pidió. ¿Pues cómo iba a ser señora la que no tenía capacidad de dominar, la que no poseía una conducta de señora y hacía proposiciones deshonestas a los esclavos? Por el contrario, es un señor el que no cayó en las fauces de la amante, quien no sintió los lazos de la seductora, a quien no le aterró el miedo de la muerte y prefirió antes morir libre de pecar que elegir la ventaja de una unión pecaminosa. Es libre porque creyó que lo repugnante no se puede casar con la gracia. Finalmente, no se excusa como un timorato ni es prudente por timidez, sino que, como deudor del bien del dueño de la casa y de su propia inocencia, huye del crimen de un pecado ingrato, porque, como es justo, aborrece el pecado y la culpa. La adúltera blandía insistentemente un tercer aguijón, pero José no la escuchaba. Aquí tienes lo que has de cuidar después de la primera conversación. La concupiscencia no es sólo escurridiza, sino también procaz, insistente y petulante. La adúltera no tiene de que avergonzarse; no tuvo ningún reparo en perder el primer pudor e insidia hasta que cae la pieza.
   "Cierto día entró José en la casa a hacer su trabajo, y no había allí niguno de los sirvientes. Ella lo agarró de la ropa diciéndole: Duerme conmigo". Según la Escritura, José se excusó porque no quería perder la confianza de su amo, porque no debe uno conformarse con poder entrar tranquilo en el interior de su casa sin miedo a ser apresado. El justo debe ser prudente para no dar la impresión de ser un ladrón, y morir por su pecado. Pero al estar viendo que tenía en contra a la mujer de su amo, debía suponer que también recibiría la enemistad de su amo. Aun pensaba al mismo tiempo en la audacia de las palabras, no en la comprensión. Tuvo motivos para entrar. Se afirma que escapó. E hizo más por la castidad del alma que por el vestido del cuerpo. Abandonó como no suya la ropa que la adúltera agarraba con sus manos, y juzgó como ajena la ropa que pensaba estaba manchada por el tacto. Gran hombre el que, vendido, ignoró la esclavitud; que no amó siendo amado; que no se doblegó a los ruegos; que huyó cuando estaba agarrado; que no pudo ser retenido por la ropa cuando estuvo agarrado por la mujer del amo; cuya alma no pudo ser conquistada y sufriendo ciertamente durante largo tiempo las palabras pensó en la influencia, si permanecía por más tiempo: no fuera que la tentación de la impureza llegase a él a través de las manos de la adúltera. Por lo tanto, abandonó la ropa, se liberó del crimen y, abandonó los vestidos por los que estaba retenido, huyó expoliado, ciertamente, pero no desnudo. Estaba más vestido por el pudor. Porque sólo está desnudo quien ha sido desvestido por el pecado. Ambrosio, Sobre José, 5, 23-25.


39, 14   Nos ha traído un hebreo para escarnecernos


Después salió fuera y ella misma, levantando la voz, divulgó las tentaciones de su propio adulterio, por el mismo hecho de que el hebreo había huido sin sus vestiduras. Lo que debía haber callado, ella misma lo publicaba para hacer daño al inocente con su pecado premeditado. Sin embargo, la desvergonzada hacía esto impunemente, cuando el justo rehusó acusarla. Por lo tanto, diría que ella estaba desnuda, aunque tuviese en las manos la ropa ajena, porque había perdido todas las cautelas de la castidad; mientras que él, cuya voz no se oía y cuya inocencia hablaba, estaba suficientemente vestido, suficientemente defendido. Ambrosio, Sobre José, 5, 56.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 344-352
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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