El sueño del jefe de los coperos


9El jefe de los coperos contó a José su sueño. Le dijo: "En mi sueño había una vid delante de mí, 10y en la vid tres sarmientos; entonces echaba yemas, florecía y sus racimos  se convertían en uvas maduras. 11Yo tenía en la mano la copa del faraón, tomaba las uvas, las exprimía en la copa del faraón y ponía la copa en la mano del faraón". 12José le respondió: "Ésta es su interpretación: Los tres sarmientos son tres días. 13Al cabo de tres días el faraón te levantará la condena y te repondrá en tu cargo; pondrás la copa del faraón en su mano, como acostumbrabas antes cuando eras copero. 14Y si te acuerdas de mí cuando te vaya bien, ten la bondad de hablarle de mí al faraón para que me saque de esta cárcel. 15Pues fui arrebatado del país de los hebreos, y nada he hecho aquí para que me metieran en el calabozo". (Génesis 40, 9-15).

40, 13   El faraón te repondrá en tu cargo

Sueño y realidad. No es agradable hablar del sueño de otro. Ciertamente recordáis mis palabras, aunque ahora prefiera olvidarme de su interpretación, pues se refiere a aquel cuyo final me produce repulsa, y cuya muerte me causa horror. Hablemos más bien de este que se considera bienaventurado porque era copero, y pensaba que estaba en lo más alto del poder, porque servía la copa del rey. Tal era su gloria y tal la grandeza de este mundo. Lloraba en su decepción y se alegraba de volver a alcanzarla. Pero se trataba de un sueño, y sueños, no la realidad, son todos los poderes del mundo. Así que en sueños vio que sería reintegrado en su puesto, Isaías afirma que los hombres que se deleitan en las cosas de este mundo son como el que sueña que está comiendo y bebiendo. Mientras duerme cree que se harta de comida y bebida, pero cuando despierta tiene más hambre -entonces comprende lo poco que le sirvió la comida y la bebida al soñador-. Eso mismo pasa con el que se duerme en esta vida y no abre los ojos a los misterios divinos. Cuando se deja llevar por el sueño del cuerpo, piensa que los poderes mundanos tienen algún valor -los ven como en sueños-; pero cuando despierta se da cuenta de cuán vano es el placer de este mundo.
   Observa ahora a aquel verdadero hebreo, intérprete no de un sueño, sino de la lúcida y verdadera visión. El cual llegó a la cárcel desde la plenitud de la divinidad y libertad de la gracia del cielo. Al que las fascinaciones del mundo no pudieron cambiar ni doblegar ninguna corrupción mundana. Tentado, no cayó, y deseado, no deseó. Y, agarrado en la ropa del cuerpo por la mano de la adúltera de la sinagoga, desnudó el cuerpo, pero ascendió libre de la muerte. La meretriz calumnió cuando no pudo retener al que no le dio miedo la cárcel ni pudo poseerlo el infierno. Salvó a otros desde donde había bajado para ser castigado. Donde otros estaban amenazados de muerte, el rompió las cadenas de la muerte. Ambrosio, Sobre José, 6, 30-31.

40, 14   Si te acuerdas de mí cuando te vaya bien

El copero no se acordó. Veamos ahora lo que el hebreo le dijo al jefe de los eunucos, que había ofendido al rey pero había sido restituido en su cargo: "Acuérdate de mí cuando te vaya bien, y ten la bondad de hablarle de mí al faraón para que me saque de esta cárcel". Lo repite dos veces, porque es consciente de que, al recibir el poder, no lo recordará, para olvidarse de la afrenta. También se lo advierte por segunda vez, porque por segunda vez lo libró: para, si no recordaba el primer beneficio, por lo menos tuviese presente el segundo y así no despreciase al que le había salvado y no le hiciese daño con una pérfida traición. Pero lo peor es que cuando llegó la prosperidad se olvidó del favor. El copero, cuando fue restituido en su cargo, se olvidó del intérprete. Pero aunque él se olvidaba, Cristo no se olvidaba y hablaba al copero a través de un sencillo siervo, diciéndole: "Acuerdate de mí cuando te vaya bien"; es decir, recuerda lo que has oído, al menos en consideración de tu trabajo. Y aunque ahora te has olvidado del beneficio, te acordarás de mí para librarte del peligro. Si embargo no lo recordó cuando fue elevado al poder. Ambrosio, Sobre José, 6, 32.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 356-358
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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