Jacob recibe la bendición de Isaac


18Él se acercó a su padre y le dijo: "¡Padre mío!. Éste respondió: "Aquí estoy. ¿Quién eres tú, hijo mío? 19Jacob repuso a su padre: "Soy Esaú, tu primogénito; he hecho lo que me mandaste. Incorpórate, ponte sentado y come de mi caza, con el fin de que me bendigas". 20Isaac respondió a su hijo: "¡Qué rápido has sido en encontrarla, hijo mío!". Él replicó: "Porque el Señor tu Dios me la ha puesto delante". 21Isaac dijo a Jacob: Acércate para que pueda tocarte, hijo mío, a ver si eres mi hijo Esaú o no". 22Jacob se acercó a su padre Isaac quien lo palpó y dijo: "La voz es la de Jacob, pero las manos son las de Esaú". 23No lo reconoció porque sus manos estaban velludas como las de su hermano Esaú, y le bendijo. 24Aún le preguntó: "¿Eres tú mi hijo Esaú?". Él respondió: "Yo soy". 25Dijo Isaac: "Acércame la caza, hijo mío, y la comeré con el fin de bendecirte". Se la acercó y comió; le dio vino y bebió. 26Y le dijo su padre Isaac: "Acércate y bésame, hijo mío". 27Se acercó y le besó. Entonces percibió el olor de su vestido, y le bendijo diciendo:
   "El olor de mi hijo
   es como el olor de un campo
   que ha bendecido el Señor,
   28Que Dios te conceda el rocío del cielo
   y la riqueza de la tierra;
   abundancia de trigo y de vino
   29Que los pueblos te sirvan
    y las naciones se postren ante ti;
   que seas señor de tus hermanos
   y se te postren los hijos de tu madre.
   Maldito el que te maldiga
   y bendito el que te bendiga". Génesis (27, 18-29).


 27, 18   Él se acercó a su padre


La palabra siempre obedece a su padre. Por otra parte, al decir Jacob a su padre: "Hice lo que me mandaste" significa la constante obediencia del Verbo al Padre, según lo que dice también Ezequiel: "Yo hice tal y como se me mandó". Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 6.


27, 22   La voz es la de Jacob, pero...


Jacob prefiguró los misterios. Esto significa que el Verbo, que en Jacob estaba prefigurando los misterios, también se hizo voz de los profetas, pues Él era quien vaticinaba en ellos lo por venir, y sus manos se hicieron "manos de Esaú", ya que, efectivamente, fue entregado a la muerte por causa de los pecados de su pueblo. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 6.


27, 27   Percibió el olor de su vestido


El campo que el Señor ha bendecido. De él [Jacob] fue escrito: "El olor de mi hijo es como el olor de un campo cuajado". En efecto, era perfecto en toda flor de virtudes y exhalaba el perfume de la gracia de la bendición santa y de la beatitud celestial. En efecto, es el campo que el Señor ha bendecido, no este campo terreno, erizado de maleza o fragoso de torrentes, o pantanoso, con aguas estancadas, o estéril para el trigo, o improductivo para las vides, todavía pedregoso con grava infecunda, agrietado y árido por la sequía, o húmedo de sangre, o sin cultivar por las zarzas y espinas, sino aquel campo del que la Iglesia dice en el Cantar: "Os conjuro, oh hijas de Jerusalén, por los poderes y las fuerzas del campo". Éste es el campo del cual dice el Señor: "La belleza del campo está conmigo". En este campo se encuentra aquella uva que, exprimida, ha derramado la sangre y ha lavado el mundo; en éste campo está aquella higuera bajo la cual reposan los santos, recreados por la dulzura de la gracia espiritual; en este campo está aquel olivo, rico de frutos, que destila el aceite perfumado de la paz del Señor; en este campo florecen las granadas que cubren los muchísimos frutos con la única protección de la fe y los estrechan, por así decir, con un abrazo de amor. Ambrosio, Sobre Jacob y la vida feliz, 2, 1, 3.


27, 28   Que Dios te conceda el rocio del cielo


El profeta señala a los santos. Por tanto, si alguien piensa que esta alabanza se hace de Jacob, anda errado, pues nada de tal sucedió a Jacob. Efectivamente, primero lo hallamos en Mesopotamia sirviendo a Labán durante veinte años; luego, prosternándose en persona ante su hermano Esaú y ganándose su favor a fuerza de regalos; y después de esto, nuevamente lo hallamos bajando a Egipto para no morir de hambre él y sus hijos. ¿En quién, pues, se cumple lo dicho: "¡Aquí está el olor del vestido de mi hijo: es como el olor de un campo que el Señor ha bendecido?". En nadie más que en Cristo, el Hijo de Dios. Campo es el mundo, efectivamente; olor de sus vestidos son todos los que creen en Él, como dice el Apóstol: "Porque somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para la muerte; para otros, olor de vida para la vida".
   Las palabras "que Dios te conceda el rocío del cielo y la riqueza de la tierra, abundancia de trigo y de vino", por el vocablo usado, designaban al Verbo, que bajó del cielo cual rocío; la tierra, en cambio, significa la carne que él tomó de la Virgen; y al decir "abundancia de trigo y de vino", señaló a los santos, recogidos como el trigo en un hórreo y justificados, como por vino, por medio del Espíritu. Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 7.

 27, 29   Que los pueblos te sirvan


Las bendiciones cumplidas en el Salvador. En cuanto a las palabras: "Que los pueblos te sirvan y los príncipes se postren ante ti", es algo que todavía sigue dándose ahora. ¿A quién sirven hoy los pueblos creyentes y a quién adoran los príncipes de la Iglesia más que a Cristo, por cuyo nombre también se salvan? Así lo manifiesta de antemano el mismo Verbo cuando dice por medio de Isaías: "Los que me sirvan recibirán un nombre nuevo, al que bendecirán sobre la tierra, porque bendecirán al Dios verdadero, y los que juran sobre la tierra jurarán por el Dios verdadero". Y otra vez dice: "Mirad, mis servidores comerán; vosotros, en cambio, pasaréis hambre; mirad, mis servidores beberán, y vosotros tendréis sed; mirad, mis servidores saltarán de alegría, pero vosotros os llenaréis de vergüenza, y el quebranto del espíritu os hará aullar".
    Después añade lo siguiente: "Que seas señor de tu hermano, y se postren ante ti los hijos de tu padre". Ahora bien, nadie se postró ante Jacob, ni él ha sido señor de su hermano Esaú, del que más bien, huyó, porque le temía, y ante el cual fue el primero en postrarse siete veces. Por tanto, lo dicho se cumple en el Salvador, pues fue Señor y dueño de los que se consideaban hermanos suyos según la carne, para ser adorado por ellos como rey, por eso dice: "Maldito el que te maldiga y bendito el que te bendiga". Hipólito, Sobre las bendiciones de Isaac y Jacob, 7.


La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p. 254-259
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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