Abimélec devuelve a Sara a Abrahán



8Muy de mañana, Abimélec se levantó, llamó a todos sus siervos, les contó todas estas cosas y los hombres se llenaron de miedo. 9Entonces Abimélec llamó a Abrahán y le dijo: "¿Qué nos has hecho? ¿En que te he ofendido para que me hayas expuesto a mí y a mi reino a un pecado tan grande? Me has hecho cosas que no se deben hacer". 10Y Abimélec preguntó a Abrahán: "¿Qué pretendías al obrar de esta forma?". 11Abrahán contestó: "Solamente pensé que no encontraría temor de Dios en este lugar, y que me matarían a causa de mi esposa. 12Además, es verdad que era mi hermana por parte de padre, pero no por parte de madre, cuando la tomé por esposa. 13Y cuando Dios me hizo salir errante de casa de mi padre, le dije a ella: "Vas a hacerme este favor: en todos los lugares a los que vayas dirás que soy tu hermano". 14Entonces Abimélec tomó ovejas, vacas, siervos y siervas, y se los dio a Abrahán; también le devolvió a Sara su mujer. 15Y dijo Abimélec: "Aquí tienes mi tierra ante ti, habita donde mejor te parezca". 16Y le dijo a Sara: "Mira, le he dado a tu hermano mil monedas de plata, y esto te servirá de resarcimiento ante los ojos de todos los que están contigo, de modo que se te haga absoluta justicia". 17Abrahán oró a Dios, y Dios curó a Abimélec, a su esposa y a sus esclavas, quienes, entonces, pudieron tener hijos; 18pues el Señor había cerrado el vientre de todas ellas en casa de Abimélec a causa de Sara, mujer de Abrahán. Génesis ( 20, 8-18).


20, 8   Los hombres se llenaron de miedo


¿Ves cómo el justo no cambió de lugar en vano o sin motivo? Si hubiera permanecido en su anterior campamento, ¿cómo hubieran podido conocer los habitantes de Guerar cuán grande era el favor de Dios del que disfrutaba este justo? "Todos los hombres estaban muy asustados". Un gran temor les sobrevino, se angustiaban por todo. "Entonces -dice- Abimélec llamó a Abrahán". Considera con qué notoriedad el justo es conducido ante el rey cuando, poco antes, había sido considerado por todos como despreciable, como un bagabundo y extraño. Cuando estaban reunidos, sin saber lo que había ocurrido, es llamado el patriarca. Entonces conoce por el rey en persona lo que, gracias a él, le había sucedido por parte de Dios. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 45, 4.


20, 9   Abimélec llamó a Abrahán


¿Por qué -pregunta- quisiste arrojarme a un pecado tan grande? ¿Por qué y qué intención tenías? Observa cómo pone de relieve en sus palabras la amenaza de Dios lanzada contra él. Le había dicho: "Si no la devuelves, morirás tú y todo lo tuyo"; por eso Abimélec, al comprenderlo dice: "¿Qué ofensa cometí contra ti para que hayas acarreado contra mí y contra mi reino un pecado tan grande?". ¿Acaso el alcance del castigo no podía detenerse en mí? Todo mi reino iba a ser destruido completamente por el engaño que urdiste. ¿Qué pretendías al obrar así? Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 45, 4.


20,11   Me matarían a causa de mi esposa


Observa en este punto, querido, el propósito del justo, cómo, al tiempo que se defiende, les proporciona una enseñanza sobre el conocimiento de Dios. "Me dije: sin duda en este lugar no hay temor de Dios, y me matarán a causa de mi mujer". Estaba angustiado -dice- pensando que, debido a tu ignorancia, no respetarías la justicia; por ello supuse que cuando descubrieses que era mi esposa querrías matarme para satisfacer tu concupiscencia. Por eso actué de esa forma. Observa cómo en pocas palabras, al tiempo que les reprende, también les enseña que quien tiene a Dios en su mente por encima de todo, no debe cometer nada injusto, sino temer a ese ojo que no duerme, y en vista del severo juicio que nos espera del Señor, manifestar respeto por la justicia. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 45, 4.


20,12   Era mi hermana por parte de padre


A continuación, deseoso de defenderse, dijo: "No creáis que os mentí. También es mi hermana por parte de padre, aunque no por parte de madre, y se convirtió en mi mujer". Tiene el mismo padre que yo, de ahí que se llamara mi hermana. No me acuséis por tanto. El miedo a la muerte me condujo a esa necesidad, también el temor a que por ella me matarais a mí pero la salvarais a ella; aun así, lo que dije no era mentira. Observa qué esfuerzo hace el justo para aclarar que ni siquiera en ese asunto había mentido. Y con el fin de que lo conozcáis todo por mí con exactitud, escuchad el plan que entre nosotros urdimos "cuando Dios me sacó de la casa de mi padre". Observa en este punto la gran sabiduría del justo, cómo en el curso de la conversación les enseña que desde el principio y desde los comienzos él es de los que han tenido a Dios en su vida, que Dios mismo fue quien lo había sacado de su hogar y lo había conducido allí para que el rey conociera que él es de los que tienen puesta su confianza en Dios. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis 45, 4.


20,15   Aquí tienes mi tierra ante ti


Dios entrega estas cosas a los que se esfuerzan audazmente. ¿Ves, querido, la ingeniosa sabiduría de Dios? El que estaba temeroso ante la muerte e hizo todo para poder evitarla, no sólo escapó a ésta, sino que también fue considerado digno de tener gran confianza y fue conocido por todos. Así hace las cosas Dios. Libera de la adversidad a los que se esfuerzan por resistir valientemente ante las pruebas que les sobrevienen, y además proporciona tal alegría en la misma adversidad, que llegamos a olvidarnos por completo y nos encontramos en gran abundancia de bienes. Observa ahora el cuidado del rey para con el justo. Le honra con todos esos regalos y además le da el derecho de habitar la tierra. "He aquí -dice- que mi tierra está ante ti. Habita donde te plazca". Efectivamente, cuando supo que gracias a él y a sus oraciones la vida le había sido perdonada, estaba ansioso por prodigarle cuidados como a un benefactor y protector, a él que era un extraño, un bagabundo, alguien completamente desconocido. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 45, 4.


20,17   Abrahán oró a Dios, y Dios curó a Abimélec


Abrahán desea compartir la virtud divina. Y no me parece ocioso que se haya hecho mención no sólo de la mujer, sino también de las concubinas de Abimélec, sobre todo en el pasaje que dice: "Dios le curó y parían; pues las había hecho estériles para que no pariesen". Por cuanto podemos comprender en pasajes tan difíciles, pensamos que pueda tenerse por mujer de Abimélec a la filosofía natural y por concubinas suyas a los comentarios de la dialéctica, variados y diversos según las escuelas.
Entretanto, Abrahán desea impartir también a los gentiles el don de la virtud divina, pero aún no es tiempo de que la gracia de Dios pase del primer pueblo a los gentiles. El mismo Apóstol, aunque bajo otra imagen y figura, dice a este propósito: "La mujer está ligada a la ley mientras vive su marido; pero si el marido muere, se ve libre de la ley, de modo que ya no es adúltera si se casa con otro hombre". Es preciso, pues, que primero muera la Ley de la letra para que así el alma, libre al fin, se despose ahora con el espíritu y obtenga el matrimonio del Nuevo Testamento. En efecto, el tiempo en que ahora vivimos es el tiempo de la llamada de los gentiles y de la muerte de la Ley, para que las almas libres, ya desligadas de la ley del marido, puedan desposarse con Cristo, el nuevo marido.
Y si quieres saber en qué radica la muerte de la ley, considera y examina dónde están ahora los sacrificios, dónde el altar, dónde el templo, dónde las purificaciones, dónde la solemnidad de la Pascua. ¿No ha muerto la Ley en todas estas cosas? O, si pueden, guarden la letra de la Ley estos amigos y defensores de la letra.
Luego, según este tipo de alegoría, el faraón, es decir, el hombre inmundo y exterminador, no podía recibir en absoluto a Sara, esto es, a la virtud. En cambio, Abimélec, es decir, el que vivía pura y filosóficamente, la podía recibir porque la buscaba "con un corazón puro", pero "aún no había llegado el tiempo". Por eso la virtud permanece junto a Abrahán, permanece en la circuncisión, hasta que llegue el tiempo en que, en Jesucristo nuestro Señor, en él que "habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente", la virtud íntegra y perfecta pase a la Iglesia de los gentiles.
Entonces, tanto la casa de Abimélec como sus concubinas -esas que el Señor había hecho estériles- parirán hijos para la Iglesia. Pues éste es el tiempo en el que da a luz la estéril y en el que "los hijos de la abandonada son más numerosos que los de la casada". En efecto, el Señor ha abierto la matriz de la estéril y ésta se ha hecho fecunda hasta el punto de dar a luz un pueblo "de una sola vez". Pero también los santos gritan y dicen: "Señor, por temor a ti hemos concebido en el vientre y hemos parido, hemos difundido el espíritu de tu salvación por la tierra". Y el mismo Pablo dice de modo semejante: "Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros".
Luego estos son los hijos que pare y engendra toda la Iglesia de Dios; pues "el que siembra en la carne, de la carne cosechará la corrupción". Pero los hijos del Espíritu son aquellos de quienes dice el Apóstol: "La mujer se salvará por la generación de los hijos, si estos permanecen en la fe y en la castidad".
Por tanto, que la Iglesia de Dios entienda así los partos y las generaciones; que eleve así, con una conveniente y honorable interpretación, las gestas de los patriarcas; que no corrompa con vacías fábulas judaicas las palabras del Espíritu Santo, sino que les otorgue un sentido lleno de honor, de virtud y de utilidad. De lo contrario, ¿qué edificación podríamos obtener de una lectura que narra que Abrahán, un patriarca tan grande, no sólo mintió al rey Abimélec, sino que le entregó el pudor de su esposa? ¿En qué podría edificarnos la mujer de tan gran patriarca, si la consideramos expuesta a contactos impuros por la connivencia de su marido? Que estas cosas las piensen los judíos y los que, con ellos -si los hay-, son amigos de la letra y no del espíritu.
Pero nosotros, asociando "realidades espirituales a realidades espirituales", hagámonos espirituales de obra y de pensamiento en Cristo Jesús, Señor nuestro, "al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén". Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 6, 3.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Antiguo Testamento, Tomo 2,  p.152-156
Director de la edición en castellano 
Marcelo Merino Rodríguez

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