Migración desde Jarán hasta Betel



4Abrán se marchó tal como lo había mandado el Señor, y con él se fue Lot. Tenía Abrán setenta y cinco años cuando salió de Jarán. 5Abrán llevó consigo a Saray, su mujer, y a Lot, su sobrino, con todos los bienes que había obtenido y la gente que había adquirido en Jarán. Salieron para ir a la tierra de Canaán, y llegaron a la tierra de Canaán. 6Abrán atravesó la tierra de Canaán hasta el lugar sagrado de Siquem, hasta la encina de Moré. Los cananeos habitaban entonces en el país. El Señor se manifestó a Abrán y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra". Abrán construyó allí un altar al Señor que se le había manifestado. 8Desde allí pasó a la montaña al oriente de Betel, donde plantó la tienda, entre Betel a occidente y Ay a oriente; y construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor. 9Después Abrán reemprendió el viaje yendo, por etapas, a Negueb. Gén. (12, 4-9).


A la salida de Abrahán se le atribuye alegóricamente el significado de renuncia a los placeres de la carne, a los vicios y al mundo con su padre el demonio (Beda). Allí donde se halla Betel, es decir, la casa de Dios, también se encuentra el altar. La construcción de un altar en Betel, así como la invocación del nombre del Señor, reprentan el progreso espiritual (Ambrosio).

12,4 Abrán se marchó tal como le había mandado el Señor
El abandono de nuestra tierra. Por mandato salió Abrahán de su tierra, de su pueblo y de la casa de su padre; es evidente que también en esto todos los hijos de esa misma promesa, entre los cuales estamos también nosotros, le han de imitar. Salimos, en efecto, de nuestra tierra cuando abandonamos los deseos de la carne; de nuestro pueblo cuando procuramos quitar todos los vicios con los que hemos nacido ( ¡en cuanto es posible a los hombres!); de la casa de nuestro padre cuando nos esforzamos por abandonar, mediante el amor por la vida celeste, el mismo mundo con su príncipe el diablo. Por culpa de la primera desobediencia todos nacemos en este mundo como hijos del diablo; pero, en virtud de la gracia de la regeneración, todos los que pertenecemos al linaje de Abrahán somos hechos hijos de Dios, porque nuestro Padre que está en los cielos nos dice a nosotros, esto es, a su Iglesia: "Escucha, hija, y mira, presta tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre". Beda, Sobre el Génesis, 3, 12.

12,7 El Señor se manifestó a Abrán

Fue el Hijo a quien vio. El mismo Moisés refiere en otro pasaje que Dios se apareció a Abrahán. Pero el mismo Moisés oye de Dios que ningún hombre puede ver a Dios y seguir viviendo. Si Dios no puede ser visto ¿cómo fue visto Dios? Y si fue visto ¿cómo no puede vérsele? Pues también Juan dijo: "Nadie ha visto nunca a Dios". Y el apóstol Pablo: "Al que ningún hombre ha visto ni puede ver". Y ciertamente la Escritura no miente. Por tanto, Dios fue realmente visto. De donde hay que entender que no fue visto el Padre, el cual nunca ha sido visto, sino que lo fue el Hijo, que solía descender y ser visto, porque en cuanto que es "la imagen de Dios invisible" descendió para que la mediocridad y fragilidad de la condición humana se acostumbrara ya desde entonces a ver algún día a Dios Padre en la imagen de Dios, es decir, en el Hijo de Dios. En efecto, la fragilidad humana debió nutrirse paulatina y progresivamente por medio de la Imagen hasta esta gloria, a saber, la de poder algún día ver a Dios Padre. Novaciano, La Trinidad, 18, 100.

12,8 Invocó el nombre del Señor

El atleta de Dios. Donde está Betel, es decir, la casa de Dios, allí está también el altar, y donde está el altar allí está también la invocación de Dios. No había hecho tan grandes progresos sin razón, sino porque esperaba la ayuda de Dios. El atleta del Señor se ejercita y se fortalece en la adversidad. Ambrosio, Sobre Abrahán, 1, 2, 6.

LA BIBLIA COMENTADA
Por los PADRES DE LA IGLESIA
ANTIGUO TESTAMENTO. Tomo 2, p. 55-57
DIRECTOR DE LA EDICIÓN EN CASTELLANO
Marcelo Merino Rodríguez

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